MEDITACIÓN O LA ORACIÓN PURA.

Muchos cristianos han perdido contacto con su propia tradición de la oración. La falta de fe quizá se deba a un mal enfoque en la praxis. No nos beneficiamos de las palabras de los sabios o de los grandes maestros de la oración. Estos maestros están de acuerdo que en la oración no somos nosotros quienes tomamos la iniciativa. No se trata de hablarle a Dios. Se trata de escuchar su palabra en nuestro interior. No somos nosotros quienes lo buscamos, sino que es El quien viene a nuestro encuentro. Vivir la mística de una tradición te ayuda a vincularte a ella. Ese fue uno de los motivos por los que me ordené sacerdote ortodoxo.
Walter Hilton, en el Siglo IV, lo expresa así: "No tienes que hacer nada. Simplemente permite que El trabaje en tu alma" (The Scale of Perfection, Book 2, ch 24).
El consejo de Santa Teresa es similar. Ella nos dice que debemos estar disponibles en la oración y que el resto es a través del poder del Espíritu quien nos dirige.
Estos maestros de la oración han tenido la misma experiencia a la que se refiere San Pablo cuando dice: "...porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene: mas el mismo Espíritu aboga por nosotros" (Romanos 8:26). San Pablo no escribía a especialistas de la oración, sino a esposos, esposas, carniceros y panaderos: a gente común y corriente.
La palabra meditación significa permanecer en el centro, estar arraigado en el centro de tu ser.
La palabra contemplación significa estar dentro del templo con Él. El templo es tu corazón, tu propio centro. La esencia de estar con Él es la visión de la Iglesia Ortodoxa en sus inicios y es una visión de absoluta unidad, de unidad con el Absoluto.
"La parte más importante de la Meditación Cristiana es permitir que la Misteriosa presencia de Dios dentro de nosotros mismos se convierta, no solamente en una realidad, sino en la realidad que da significado, forma y propósito a todo lo que hacemos y a todo lo que somos".
La meditación es tan natural al espíritu como la respiración al cuerpo. Profundamente arraigada en la tradición Cristiana, es una disciplina espiritual, un camino simple de unión con el Espíritu de Cristo. La tradición no dice que la meditación sea el único o mejor camino para orar. Simplemente comunica la sabiduría, al mismo tiempo práctica y sagrada, de la oración silenciosa. Transmite la enseñanza esencial de la oración contemplativa, primero articulada en la antigua iglesia a través de la enseñanza de los Padres del Desierto y transmitida a nuestros tiempos con una especial claridad y profundidad por el monje John Main. Esta tradición recomienda la siguiente práctica:
· Elige un lugar tranquilo.
· Siéntate cómodo, con tu espalda recta.
· Cierra los ojos suavemente.
· Siéntate tan quieto como puedas.
· Respira profundamente, quedando al mismo tiempo relajado y alerta.
· Despacio e interiormente, comienza a repetir tu mantra (Maranatha).
· Regresa al mantra en cuanto te des cuenta que has dejado de decirlo.
· Sigue con la misma palabra durante la meditación y día tras día.
Recuerda que la raíz de toda distracción es la auto-conciencia. En la meditación estamos en un estado progresivo y real, dejándote atrás. La palabra que recomendamos es maranatha, una antigua oración cristiana del lenguaje que hablaba Jesús, el arameo. Significa “Ven Dios” o “Ven Señor”. Repite la palabra en cuatro sílabas iguales ma-ra-na-tha. Escucha la palabra cuando la repites y dale toda tu atención, pero no pienses en su significado. Las distracciones vendrán pero no trates de reprimirlas o de luchar contra ellas. Solamente déjalas pasar. Cuando te percates que una de ellas se enganchó en tu atención, simplemente regresa a esta palabra con fe. Este es el “trabajo de la palabra”. Medita dos veces al día en la mañana y en la noche. La duración optima de tiempo es de treinta minutos, pero puedes comenzar con veinte minutos y gradualmente aumentar a veinticinco o a la media hora completa. Una vez que ya empezaste con tu práctica diaria, existen varios lineamientos que tienen que ver con tu actitud hacia la experiencia que te ayudarán a ti y a otros a ir más profundamente. Primero, no juzgues tu progreso. El sentimiento de fracaso-o éxito- puede ser la mayor distracción de todas. No esperes o busques “experiencias” en la meditación. No tienes que sentir que algo está sucediendo. Esto puede ser raro al principio, ya que la experiencia del silencio es poco familiar a la mayoría de nosotros y muy ajena a nuestra cultura. No estamos acostumbrados a ser simples. Sin embargo, el silencio, la quietud, la simplicidad tienen un propósito.. En una parábola del reino de los cielos, Jesús compara al Reino con una semilla que alguien planta en la tierra. La persona va y vive una vida ordinaria mientras la semilla crece en silencio en la tierra, “sin que él sepa cómo”. La misma cosa pasa con nosotros, cuando la palabra se siembra cada vez más profundo en nuestros corazones. Y, como en la parábola, va a haber signos de crecimiento en ciertos momentos. No los vas a encontrar en la meditación, sino en tu vida. Vas a comenzar a cosechar los frutos del Espíritu; vas a notar que estás creciendo en amor. Aún si detienes la práctica de la meditación, por un día o por un mes, simplemente vuelve a ella con confianza en la infinita generosidad del Espíritu que vive dentro y entre nosotros.
La meditación- muchas veces llamada “oración pura”- no reemplaza otras formas de oración. El significado de estas en la vida de las diferentes personas dependerá de sus temperamentos y vocaciones y de la tradición Cristiana a la que pertenecen. Leer las escrituras, la oración comunitaria, la adoración y plegaria que se expresan en actos de compasión y trabajos de caridad son elementos irreemplazables de una vida vivida de acuerdo al Evangelio. Pero las formas que tomen van a variar. La práctica de la meditación es fundamento viviente de estas- no un sustituto de las mismas. Y puede realizarla cualquier persona, creyente o no.
Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, Oh Jehová, roca mía, y redentor mío. (Salmos 19:14).

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